Acaba de inaugurarse el Mobile World Congress 2025, en Barcelona. Parece una feria, como aquellas en las que El Maño ponía su tómbola y rifaba el perrito piloto y la muñeca Chochona. Y, en efecto, es lo que es. Parece una exhibición de perros con pedigree, en la cual las compañías telefónicas se enfrentan a los retos cuánticos y aplican la inteligencia artificial a todo lo que se aloje en nuestros bolsillos, para impedir que nos demos cuenta de que hay formas de vida diferentes a nuestro alcance. Y, en efecto, es lo que es. Parece, además, una muestra de quincalla en la que los aparatitos nos acercan a una conexión con todo lo que necesitamos. Ir más allá supondría ya la esclavitud. Supondría que sean las grandes compañías de Silicon Valley, en pugna con las copias chinas, las que te digan cómo tienes que vivir, qué tienes que comprar y cuándo podrás ser tú mismo. Y, en efecto, es lo que es. No se trata de un congreso sobre comunicación, sino policial. Y no se refiere a la policía que a veces protege nuestros derechos y otras veces procede contra los de otros, normalmente culpables de algo, sino que se trata de una policía privada, un vigilante corporativo, que sólo pretende que paguemos por su control, cuando compramos lo que ellos inventan para vigilarnos, y cuando vendemos nuestra alma a Google. Es lo que se pretende: que quienes controlan cobren de quienes son controlados.
La inteligencia artificial ya está reescribiendo la historia. También quiere escribir, dentro y fuera de nuestras conciencias y nuestras vidas, lo que está ocurriendo. El presente es otro producto, igual que el propio teléfono móvil que llevamos siempre ante los ojos. Es lo que oculta esta gente cuando monta estos llamados congresos que son, en realidad, espectáculos de fuegos artificiales para que nos acerquemos a comprar acciones en el mercado continuo de lo que saben de nosotros. La única moneda que se acepta es nosotros mismos: nuestra privacidad y, sobre todo, nuestra impotencia. Acabamos de comenzar una era en la que la única comunicación es la que ellos proponen. Nos venden, en esos teléfonos móviles, sombras del poder que tienen estas nuevas corporaciones que actualizan al hombre. Somos la verdadera mercancía. Pero es sólo una sombra, un engaño: no existe esa inmortalidad, ni ninguna corrección no programada, como averiguaron los Nexus-6 de Blade Runner.
El propio entusiasmo que rodea al MWC es la sombra de las falsedades que sostienen a cualquier estado policial. Por muy apartada que esté la casa en que vives, necesitarás febrilmente una wifi. La hiperconexión, o el aislamiento. Es la alternativa que nos dan. El hombre hiperconectado no importará, el aislado tampoco. Es la sociedad hacia la que nos dirigimos., con estamentos tan distantes que no se podrá saltar de uno a otro. Una nueva sociedad de castas en la que la igualdad será una idea que irá borrándose de nuestra mente, por inalcanzable, igual que el resto de los derechos. Esta esclavitud presentada primero como revolución, y después como liberación, no es más que un opiáceo que nos dan purificado, para luego mantenernos adictos a la metadona, barata y tan adictiva como el otro. Antes de regalar teléfonos móviles a los niños, dejemos que lean libros apasionantes -hay muchos-, y jueguen con caballitos de madera y camiones de safari.