Escuchar deprisa

Se ha puesto de moda un mecanismo en algunas aplicaciones de comunicación, como Whatsapp, que permite acelerar los mensajes de audio que te mandan. Escuchas lo que te dicen, pero lo escuchas como si te lo dijera alguien angustiado, o en peligro. Se trata de un mensaje que parece urgente, al que inhabilitamos la urgencia y, de hecho, cuando lo escuchamos tenemos en cuenta que no hay en él nada urgente, y así, poco a poco nos acostumbramos a considerar urgente sólo el escucharlo. Se trata de acelerar el mensaje para ahorrar tiempo. Nos hemos vuelto hiperactivos porque llenamos la vida que vivimos con actividad, con información, por regla general inútil, por eso hemos creado un ritmo de aprendizaje, de dicción y de escucha que está marcado por un ahorro que nos proporciona espacio y tiempo para añadir más cosas inútiles. Se trata, por tanto, de dar consistencia, de aprovechar todo lo que no nos sirve para nada, y colma nuestra vida. No parece que lo importante sea eliminarlo, renunciar a ello, sino convertirlo en el combustible de un motor que no nos lleva a ninguna parte. Aunque eso aún no lo sabemos.

            Los mensajes que escuchamos con esta técnica de cinta acelerada hacen que no sintamos la tonalidad de quien lo dice. Quien habla entona, matiza, pero para quien escucha se trata de una voz neutra, monocorde, que pierde todas sus particularidades, como la de Hal 9000 cuando Bowman va extrayendo sus placas de memoria. Es el mismo efecto, aunque en el caso de los mensajes acelerados ese cansancio se produce por sobreexposición, o sobreexcitación. De nuevo, destruimos al emisor, y nos quedamos con el mensaje. Es lo único que importa, pero borrar al emisor interfiere en el propio mensaje, porque a menudo lo que hace el emisor es expresar emotividad, y se acerca a quien lo oye por medio del tono de voz, de la forma en que él mismo refleja lo que quiere expresar.

            En definitiva: estamos modificando nuestra forma de comunicarnos. Me recuerda la secuencia de otra película que admiré en su momento: Proyecto Brainstorm, de Douglas Trumbull. En ella, un científico (Christopher Walken) que ha inventado una máquina capaz de reproducir las vivencias de otros, comprueba que la científica que ha sido su colega en la invención (Louise Fletcher) ha muerto de un ataque al corazón mientras estaba conectada a esa máquina. Es decir, Walken puede experimentar, rebobinando una cinta, qué se siente al morir, qué ocurre durante el tiempo en que Fletcher conserva la conciencia justo antes de dejar de existir. Para ello tiene que eliminar el dolor producido por el infarto, pues de otro modo también él moriría con seguridad. Inhabilita la urgencia, y puede concentrarse en el mensaje, en lo que experimenta su colega, pero sin el sufrimiento, sin la angustia producida por la muerte. Supongo que los actuales mensajes de audio de Whatsapp pretenden lo mismo, que nos quedemos con el mensaje, sin explorar el contacto íntimo y personal que podríamos tener con quien lo emite: quizá sea sufrimiento, o hastío, o cualquier tipo de las muertes en vida que existen hoy día. Todo ello dice mucho de la inmensa importancia que le concedemos a la inutilidad. La importancia que le concedemos a lo importante.

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