Política y móviles

Holanda fue el primer país europeo que prohibió el uso de teléfonos móviles en los centros educativos. Estudios posteriores evidenciaron que mejoraba visiblemente la concentración de los alumnos, y que la tecnología disminuía la capacidad de aprendizaje. Francia, hace unos días, aprobó una ley para que los menores no pudieran acceder a las redes sociales hasta los quince años. En España, a esa edad ya se puede matar impunemente al padre o a la madre, o a la educadora social. Aquí, los mayores errores políticos se han cometido en la educación, convirtiéndola en obligatoria y tratándola como si los colegios fueran una mezcla de aparcamientos y centros de salud. Intentando mejorar las estadísticas, la política ha acabado con la enseñanza, porque en España ya no se enseña: se mantiene a la gente entretenida, como en un salón de billares, pero a menudo la violencia de los que están allí por ley no permite que se transmitan conocimientos. Nuestros políticos han abrazado todas las falsas ideas de progreso que ha traído la tecnología, y no están dispuestos a dar un paso atrás, ni lo estarán, porque eso supondría perder la enorme inversión que ha requerido implantarla, y la enorme inversión que requerirá salvarnos de ella. Ha quedado patente que la tecnología, en el aula, no es una herramienta, sino una forma muy prometedora, y didáctica, de no tener que pensar.

            El bilingüismo y los ordenadores son los dos elementos que nos están haciendo los botarates de Europa. Jóvenes con una mentalidad todavía no formada se dejan llevar por plataformas que muestran un mundo paralelo -léase TikTok, por poner un ejemplo de estupidez endémica- que los convierte en gente con capacidad para quererlo todo, pero no para saber qué es lo que quieren. Los móviles les han robado tiempo para leer, para aburrirse, para descubrir maneras de divertirse, para enamorarse, incluso para sentir la inseguridad propia de la edad que tienen. El mundo académico ya no tiene el poder de enfrentarse a la imbecilidad que diseñan para ellos desde el otro lado del mundo. Los jóvenes no están preparados para un simple no, o para los reveses que la vida depara. La tecnología, a este nivel, no supone una ayuda, sino una adicción. Para eso se diseñó.

            Ahora tememos a las redes sociales, a la inteligencia artificial, a las trabas que supone educar y al ocio informático. La escuela es una trinchera desde la que se lucha inútilmente contra todo. El verdadero problema consiste en qué darles a los jóvenes en lugar de teléfonos móviles, con qué ocupar el tiempo que tienen cuando no están en el instituto, y que sea algo que no tenga que ver con la paciencia o con sentarse a pensar. Ya han perdido esas habilidades. Nuestro problema no radica en adoptar las medidas de holandeses o franceses, sino en una mentalidad política que es incapaz de concebir soluciones, y menos de aplicarlas si suponen una cortapisa, en lugar de un resplandeciente derecho. Hemos montado una educación con dos únicos pilares: la psicología y la farmacopea. Todos somos cómplices de ello, igual que el cielo es cómplice de que vuelen los pájaros. La política educativa está truncando la antigua relación que los jóvenes entablaban a su edad. Ahora les enseñan a utilizar los pulgares y a guardar silencio, eso sí, un silencio de nivel C1.

Publicado en el diario HOY el día 31 de enero de 2026

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